jueves, 5 de junio de 2014

El romanticismo es tabú.

Si somos sinceros, prácticamente expresar cualquier sentimiento es tabú. Pero el amor, el amor es como si fuese el mayor de los pecados, desastres o desgracias que podría pasarte. Su concepto se ha ido diluyendo con el paso del tiempo, los cambios en la sociedad y sus costumbres, empequeñeciendo. ¿Nos estamos convirtiendo en piedras?

El romanticismo nos evoca a lo antiguo. Nos recuerda a las cartas de amor que se mandaban los novios cuando estaban separados, a las rosas rojas perfumadas de las floristerías cubiertas de papel de corazones, a los besos que se lanzan desde el tren.

Antes se conquistaba bailando, bailando esos bailes lentos que ponían las discotecas antes de cerrar, para acabar la noche. Las chicas se quedaban con el chico que mejor bailaba. Se conquistaba cantando, esas serenatas al pie de la ventana que hacían que toda la calle se asomase para ver a quién le cantaban. Paseos por la calle del pueblo al atardecer. Una llamada desde una cabina. El tú a tú.

Y, como en otras muchas cosas, involucionamos. El romanticismo ahora debería ser mucho más que eso. Quiero decir, habiendo superado las diferencias impuestas por el sexo (aún muy presentes), los obstáculos muchas veces provocados por la falta de recursos económicos, las distancias, los medios de comunicación; aún así, lo hemos hecho aún más difícil, lo hemos vaciado de significado.

Nuestro primer instinto es negar a los demás y a nosotros mismos que amamos. Que amamos con locura, en todo momento y en cualquier lugar, llegando incluso a sentir vergüenza de ti mismo al oírte siquiera mencionarlo. Amamos porque, ¿quién podría vivir sin amor? Casi como una necesidad básica del alma, nos negamos a nosotros mismos cada vez que lo reprimimos. ¿De qué o quienes tenemos miedo?

¿Y si llegamos a idealizarlo de tal forma que nos impusimos asumirlo como algo imposible y nos dimos por vencidos?


La vida está vacía con los sentimientos anestesiados, y yo nunca me rindo


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