martes, 4 de diciembre de 2012

Jinete en la tormenta.


Cual jinete que cabalga al galope un día de tormenta. Ligero de equipaje y de ilusiones, cargado de promesas, sentimientos y palabras vacías, cabalgaba hacía ninguna parte. No tenía ningún destino en mente, sólo huía. Huía de nada y de todo a la vez. Su caballo como único amigo. Amigo de batalla, de camino, de su ser.

No hacía falta usar las riendas, su caballo sabía perfectamente que cuando llovía era la hora de galopar lo más rápido que sus largas patas le permitieran. A ambos les gustaba sentir la lluvia cayendo sobre su cara, su pelo, sus ropas, sus cuerpos.  Les hacía sentirse vivos, olvidar por lo que huían.

Esas tormentas le calaban. Calaban hasta lo más profundo de su alma. Cada una de ellas significaba el fin de alguna aventura. No le importaba lo que dejaba atrás, pues el agua le revivía. Cual árbol que vuelve a florecer en primavera, que nunca olvida el otoño en el que perdió sus hojas ni el largo invierno en el que murió de frío. Hoy le daban otra oportunidad. Hoy se daba otra oportunidad, galopaba hacia ella.

Lo que el jinete aún no sabía era que no huía de nada ni de todo a la vez, sino que galopaba en la tormenta hacia la próxima aventura, la aventura de la vida.

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