miércoles, 12 de diciembre de 2012

El corazón es agua.


Quizás sea verdad y el corazón sea agua. Pues no podría explicarse de otra forma la manera en la que se adapta al nuevo recipiente, a las nuevas circunstancias, a las nuevas costumbres, a los nuevos labios. De otra forma no podría explicarse la sensación de frescura que sientes cuando algo te llega o te toca el corazón, como el contacto del agua fría con tu piel en verano. Esa corriente de sentimientos que, con fuerza, empuja sus puertas hasta abrirlas de par en par y lo inunda todo. Esa reticencia que solemos tener para abrir las puertas y dejar salir algo, aunque sea un hilillo de agua. Ese cúmulo de sensaciones en continuo movimiento cual remolino de agua cuando estás ilusionado por algo o alguien. Esa sensación de asfixia cuando te ves obligado a sacar algo de él, como mantener la respiración bajo el agua demasiado tiempo.

Quizás sea verdad y el corazón sea agua. Puede que sí.


El corazón es agua 
que se acaricia y canta.

El corazón es puerta 
que se abre y se cierra.

El corazón es agua 
que se remueve, arrolla, 
se arremolina, mata.
Miguel Hernández

No hay comentarios:

Publicar un comentario