miércoles, 12 de diciembre de 2012

El corazón es agua.


Quizás sea verdad y el corazón sea agua. Pues no podría explicarse de otra forma la manera en la que se adapta al nuevo recipiente, a las nuevas circunstancias, a las nuevas costumbres, a los nuevos labios. De otra forma no podría explicarse la sensación de frescura que sientes cuando algo te llega o te toca el corazón, como el contacto del agua fría con tu piel en verano. Esa corriente de sentimientos que, con fuerza, empuja sus puertas hasta abrirlas de par en par y lo inunda todo. Esa reticencia que solemos tener para abrir las puertas y dejar salir algo, aunque sea un hilillo de agua. Ese cúmulo de sensaciones en continuo movimiento cual remolino de agua cuando estás ilusionado por algo o alguien. Esa sensación de asfixia cuando te ves obligado a sacar algo de él, como mantener la respiración bajo el agua demasiado tiempo.

Quizás sea verdad y el corazón sea agua. Puede que sí.


El corazón es agua 
que se acaricia y canta.

El corazón es puerta 
que se abre y se cierra.

El corazón es agua 
que se remueve, arrolla, 
se arremolina, mata.
Miguel Hernández

domingo, 9 de diciembre de 2012

Pedacitos.


Todos y cada uno de ellos llevan un pedacito de mí consigo. Unos de mi mente, otros de mi alma e incluso algunos otros de mi corazón. 
Quieran o no, sean o no conscientes de ello, siempre lo llevarán consigo. Aunque quizás y muy probablemente algunos pedacitos se extravíen entre el polvo del olvido con el paso del tiempo. 

Supongo que por eso me duele tanto el mundo. 




"El mundo duele menos si te miro"

martes, 4 de diciembre de 2012

Jinete en la tormenta.


Cual jinete que cabalga al galope un día de tormenta. Ligero de equipaje y de ilusiones, cargado de promesas, sentimientos y palabras vacías, cabalgaba hacía ninguna parte. No tenía ningún destino en mente, sólo huía. Huía de nada y de todo a la vez. Su caballo como único amigo. Amigo de batalla, de camino, de su ser.

No hacía falta usar las riendas, su caballo sabía perfectamente que cuando llovía era la hora de galopar lo más rápido que sus largas patas le permitieran. A ambos les gustaba sentir la lluvia cayendo sobre su cara, su pelo, sus ropas, sus cuerpos.  Les hacía sentirse vivos, olvidar por lo que huían.

Esas tormentas le calaban. Calaban hasta lo más profundo de su alma. Cada una de ellas significaba el fin de alguna aventura. No le importaba lo que dejaba atrás, pues el agua le revivía. Cual árbol que vuelve a florecer en primavera, que nunca olvida el otoño en el que perdió sus hojas ni el largo invierno en el que murió de frío. Hoy le daban otra oportunidad. Hoy se daba otra oportunidad, galopaba hacia ella.

Lo que el jinete aún no sabía era que no huía de nada ni de todo a la vez, sino que galopaba en la tormenta hacia la próxima aventura, la aventura de la vida.