sábado, 17 de noviembre de 2012

Cosas de mariposas.


Su olor ya no le hacía efecto.
Su magia, poco a poco, dejó de ser efectiva.
El color de sus brillantes alas, que tanto discernían al lado de las suyas, ya no le sorprendía tanto como antaño.
Todo se esfumó.

Sin embargo, de vez en cuando volvía a aparecer, agitando sus hermosas alas en busca de su atención, sin conseguir ningún resultado. Nunca entendió cómo alguien así pudo fijarse alguna vez en ella, pues el color de sus alas hacía que pasase desapercibida en la mayoría de las ocasiones.
Había que acercarse a ella para notar su presencia, su esencia.
Y eso raramente ocurría.

Eso fue siempre lo que la hacía diferente del resto de mariposas.
La oscuridad de sus alas se reflejaba en su timidez.
Y le gustaba.
Le gustaba alejarse, alimentarse del néctar de las flores más escondidas, sola. Ese néctar le parecía más jugoso que cualquier otro de las flores que compartían las demás mariposas.
Aunque nunca supo si era el néctar o su propio espacio lo que la reconfortaba.
Hasta que vino él.

Hasta ese momento nunca había compartido una flor con nadie.
Al principio le resultó incómodo, las voces interiores que oía constantemente (cosas de mariposas) empezaron a sonar cada vez más fuerte y rápido, tanto que le aturullaban y le hacían volotear torpemente. Pero luego miraba de reojo a su compañero, intentado disimular, y lo único que veía era su sonrisa.

Su compañía se convirtió en una obsesión.
Lo buscaba entre el resto de las mariposas hasta asegurarse de que él la veía. Entonces, se retiraba a una flor más alejada del resto y él la seguía.
Siempre la seguía.
Y un día se percató de su maravilloso olor y sus brillantes alas la cegaron.

Insisto, todo se esfumó.
Desde que salió de la pupa y sus oscuras alas alzaron el vuelo por primera vez, desde ese primer momento, consciente de lo corta que solía ser la vida de su especie, se prometió a sí misma que dedicaría su tiempo de vida a conocerse y a encontrar su lugar.
La superficialidad le cansaba y, por eso, el interés por su acompañante se fue marchitando como los pétalos de las preciosas flores de cuyo néctar se alimentaba.

A partir de entonces siguió, como siempre, con su propósito.
Aunque nunca negó que, a veces, rondaba por su cabeza la idea de encontrar a alguien con quien compartir su vuelo, sus inquietudes y sus flores. Quizás alguien con alas del color del carbón, como ella, que la cegase en su oscuridad y la hundiese en la profundidad de sus pensamientos.

Quizás otra mariposa negra.

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