jueves, 19 de julio de 2012

UN ATISBO DE FELICIDAD.


La felicidad.

Eso que buscamos constantemente, cada minuto, cada segundo de nuestra existencia.
La felicidad, eso tan abstracto y relativo que todos ansiamos sentir.Algunos la relacionan con el amor, otros con la comodidad y el conformismo con sus posesiones materiales o logros personales.

A veces ocurre que nos empeñamos en buscar la felicidad, como si fuese un tesoro perdido y no nos orientásemos en el mapa que nos indica el sitio donde está enterrada. Y muchas de esas veces estamos situados justo encima de la cruz que marca el lugar exacto.

Quizás sea eso de buscar la felicidad una manía y lo que realmente tengamos que hacer es aprender es a desenterrarla, a sacar el tesoro a la superficie.

Puede también que sea algo tan obvio y simple, que estemos tan habituados a ello, que nos negamos a asumir que eso sea la felicidad.

Lo cierto es que cada uno tiene su propia felicidad, una particular. Incluso existen privilegiados que son capaces de compartirla generosamente con otros,como ocurre con los que la encuentran en el amor.

Pero aún en esos momentos en los que parece que has perdido el mapa, o se te ha mojado un día de lluvia y no se distingue bien el camino, o perdiste tu brújula, o no encuentras aliciente para seguir buscando el tesoro, o simplemente no te quedan fuerzas para desenterrarlo; ahí también puedes encontrar la felicidad.

Cada vez estoy más convencida de que se trata simplemente de saber apreciar, no abandonar y, sobre todo, vivir.

1 comentario:

  1. Busca tu lugar o tu refugio en las cosas que amas. Una novela, una película, un disco. Ponle banda sonora a tus días según tu estado de ánimo. Debes saber que un libro puede ayudarte a encontrar respuestas y a ordenar pensamientos e ideas, a entender tu lugar en el mundo. Acude a ellos para paliar el miedo, los momentos de incertidumbre y para vivir otras vidas. Son herramientas de las que echar mano, que apaciguan y te dotan con armas de lucidez, que siempre te van a ser fieles y colaboran a pasar las noches en vela, las tardes muertas, o cuando únicamente busques estar a solas contigo misma y un buen libro entre las manos, tranquila, ajena a todo lo demás. Y dejarás entre sus páginas una secuela personal, una marca de tinta, sangre o vida. O la huella de una lágrima.

    Viaja siempre que puedas. Es increíble la cantidad de complejos, prejuicios y provincianismos que se borran viajando, la manera serena que tiene de templar la osadía de la ignorancia. Lánzate sin miedo con una mochila a las salas de espera de los aeropuertos. Patea las ciudades que siempre quisiste visitar, sin prisas, mirando y aprendiendo a mirar. Siéntate en una terraza y simplemente observa la gente pasar. Busca los rincones con más encanto y ten conversaciones con los oriundos del lugar, ampliando tus visiones con sus testimonios, trata de vislumbrarlos como el resultado de su entorno y su ambiente, su historia y su genética. De dónde vienen, qué les hace ser cómo son, cuál es su trayectoria o quiénes les oprimen. Algunos viajes se hacen para recordar y otros para olvidar, confirmando una huida, pero siempre siéntete libre, auténticamente libre cuando imprimas tu presencia en ciudades y países que recorras con entusiasmo.

    Llegará un momento en que abrirás un viejo álbum de fotos y te verás ahí, tiempo atrás, más joven y con esperanzas caducas, quizás pasando el brazo alrededor de alguien, sobre su hombro, en señal de camaradería o confianza; y puede que no reconozcas a esa persona que junto a ti sonríe a la cámara, que se haya perdido en la memoria y tu propio yo de esa foto tampoco exista. Resonará entonces el eco de antiguos conocidos, personas que pasaron por tu propia novela un verano, en un trabajo temporal, o que viven en ciudades que ya no frecuentas; todo serán recuerdos acumulados como restos de un naufragio. Pero son los rastros que vas dejando en tus anales.
    Trata de entender los actos y las aflicciones de las otras personas cuando obran con buena intención, y asume los tuyos como una parte de tu originalidad; nunca te avergüences de la intensidad de tu emociones y sus consecuencias, al fin y al cabo, en nuestra frágil naturaleza, cada uno ama, sufre y llora a su manera.

    Lucha siempre por lo que quieres; y aunque pierdas, tendrás la satisfacción de haber peleado hasta el final, resistiendo en tu Álamo hasta el último cartucho. Hay ocasiones que crees que todo está perdido y te sorprendes sacando fuerzas de rincones propios que desconocías. Somos fuertes, y nos sobreponemos de situaciones de las que no nos creemos capaces. Tenlo presente si alguna vez abres los ojos y sólo ves oscuridad.
    Ríndete cuando ya no haya nada por lo que luchar, o para evitar causar daños a otro, si no, que la derrota te pille en plena acción, mordiendo hasta donde puedas llegar y esto ha sido todo.

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